Entre trámites y vidas

Un espacio personal de Diego Navarro

La soledad no siempre es estar solo

Nos hemos acostumbrado a hablar de la soledad como si fuera, sobre todo, un problema individual. Hablamos de la soledad de las personas mayores, de la de los jóvenes, de quienes viven solos, de quienes no tienen pareja o de quienes pasan demasiado tiempo delante de una pantalla. También hemos aprendido a distinguir entre la soledad elegida y la no deseada, y esa distinción tiene sentido, pero quizá se nos queda corta para explicar todo lo que ocurre cuando una persona se siente desconectada de los demás. Porque la soledad no depende únicamente de cuántas personas tengamos alrededor, ni siquiera de si vivimos solos o acompañados. Tiene una dimensión psicológica evidente, pero también otra profundamente social, y quizá para entenderla de verdad tengamos que dejar de preguntarnos únicamente qué le pasa a la persona que se siente sola y empezar a preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo alrededor de ella.

Hay una serie de frases que repetimos constantemente y que, poco a poco, hemos convertido casi en una especie de manual de madurez emocional: tienes que ser autosuficiente, no debes depender de nadie, tienes que aprender a estar solo, nadie va a venir a salvarte, primero tienes que estar bien contigo mismo. No son necesariamente frases falsas. Todas contienen algo que puede ser útil en determinadas circunstancias. Necesitamos autonomía, capacidad para tomar decisiones y recursos propios para afrontar la vida sin depositar toda nuestra estabilidad en otra persona. El problema aparece cuando transformamos esa autonomía en una obligación de no necesitar a nadie y empezamos a mirar cualquier necesidad afectiva como una debilidad que deberíamos superar. Hemos terminado asociando fortaleza con necesitar poco, cuando en realidad una persona puede ser perfectamente autónoma y, al mismo tiempo, necesitar compañía, afecto, apoyo, cuidado o simplemente saber que hay alguien a quien llamar cuando las cosas se complican.

Quizá aquí hemos confundido dependencia con interdependencia. No es lo mismo no poder vivir sin otra persona que reconocer que nadie construye una vida completamente solo. Tampoco es lo mismo permanecer en una relación porque creemos que fuera de ella no somos capaces de existir que saber apoyarnos en otras personas cuando lo necesitamos. Entre la dependencia absoluta y la autosuficiencia absoluta hay un espacio mucho más humano en el que podemos tomar nuestras propias decisiones, tener una identidad propia y, al mismo tiempo, aceptar que nuestra vida está inevitablemente entrelazada con la de los demás. La alternativa a desaparecer dentro de una relación no debería ser levantar un muro alrededor de nosotros, sino aprender a relacionarnos sin perder quiénes somos.

El problema no es cuánto pagamos de impuestos, sino cuánto cobramos de salario

Hay una promesa electoral difícil de rechazar: que a final de mes quede más dinero en nuestra cuenta corriente. Más todavía cuando la vivienda se lleva una parte cada vez mayor del sueldo, hacer la compra cuesta mucho más que hace unos años y muchas familias que trabajan tienen dificultades para llegar a final de mes. Si en ese contexto alguien propone bajar el IRPF, reducir el IVA o aumentar las deducciones fiscales, la reacción más inmediata es bastante comprensible: si voy justo y me quitan menos dinero, viviré un poco mejor.

El Partido Popular lleva tiempo defendiendo la deflactación del IRPF para evitar que las subidas nominales de salarios provocadas por la inflación terminen suponiendo una mayor tributación sin un aumento equivalente del poder adquisitivo. En las últimas semanas ha añadido otras propuestas para aumentar la renta disponible de las familias, como ampliar las desgravaciones por hijos o reducir determinados impuestos sobre productos básicos. Vox plantea una reforma mucho más profunda: un mínimo exento de 22.000 euros y esencialmente dos tipos de IRPF, del 15 % hasta los 70.000 euros y del 25 % por encima de esa cantidad. Son propuestas diferentes y sería tramposo analizarlas como si fueran exactamente lo mismo.

Hay incluso una parte del argumento que comparto. Si una persona cobra más euros únicamente porque su salario intenta compensar la inflación, pero con ese dinero puede comprar prácticamente lo mismo que antes, no tiene demasiado sentido tratarla fiscalmente como si se hubiera enriquecido. La llamada progresividad en frío existe y discutir cómo actualizar determinados parámetros del IRPF es perfectamente razonable. Mi problema empieza un paso antes, porque el problema que tenemos no es únicamente que paguemos impuestos. El problema es que hay salarios que han dejado de ser suficientes para sostener el coste de una vida normal.

Cuando un problema público se convierte en un seguro privado

Tengo que renovar la medicación de la tiroides. No estoy enfermo, no me pasa nada urgente y tampoco necesito que nadie investigue qué me ocurre. Es simplemente uno de esos tratamientos continuados que cada cierto tiempo requieren que el médico vuelva a renovar la prescripción. Algo bastante rutinario. Llevo varios días entrando para pedir cita con mi médico de Atención Primaria y no hay. Ni pronto ni tarde: sencillamente no aparece ninguna cita disponible dentro del periodo que puedo consultar, que es de un mes.

En mi caso no pasa nada especialmente grave. Puedo esperar, volver a intentarlo mañana, llamar al centro de salud o buscar la manera de solucionarlo antes de quedarme sin medicación. Pero mientras miraba otra vez la pantalla pensé que el problema no era realmente mi tiroides. El problema es que podría estar enfermo. Podría tener fiebre, llevar varios días con un dolor que no sé interpretar, necesitar que alguien me escuche el pecho o tener cualquier problema que no es una urgencia hospitalaria pero que tampoco debería esperar semanas. Para eso estaba, entre otras cosas, el médico de cabecera. Y cuando esa puerta deja de estar disponible, la gente no deja de enfermar. Busca otra puerta.

Después nos sorprendemos de que se llenen los dispositivos de urgencias de Atención Primaria o las urgencias de los hospitales. Seguro que hay quien utiliza mal las urgencias, como utilizamos mal muchas otras cosas, pero creo que a veces hemos construido un relato demasiado sencillo en el que el ciudadano parece ser siempre el responsable del colapso. Quizá habría que preguntarse también qué hace alguien cuando lleva días intentando conseguir una cita y no puede. Si cerramos la entrada normal al sistema, no debería sorprendernos demasiado que terminemos entrando por donde todavía queda una puerta abierta.

Cuando una manta se convierte en una amenaza

Una manta sirve para quitar el frío. Poco más. No decide una política migratoria, no abre una frontera, no concede un permiso de residencia y no determina quién puede quedarse en un país. Sin embargo, hemos conseguido que una manta roja entregada a una persona que acaba de llegar mojada a una playa pueda convertirse en algo mucho más grande. Para algunos ha dejado de ser un objeto con el que proteger del frío a alguien para convertirse en un símbolo de todo aquello que rechazan.

Llevo tiempo pensando en cómo hemos llegado hasta aquí porque el cambio, visto con cierta perspectiva, resulta llamativo. Durante los meses más duros de la pandemia aplaudíamos desde los balcones y hablábamos de quienes estaban en primera línea. No eran únicamente sanitarios. También estaban quienes atendían a personas mayores, repartían alimentos, acompañaban a quienes se habían quedado solos o intentaban llegar hasta las personas que la emergencia había dejado todavía más atrás. Durante un tiempo cuidar parecía haberse convertido casi en un valor colectivo.

No tardamos demasiado en empezar a ver otra imagen. En Canarias, durante la crisis migratoria de 2020 y 2021, trabajadores y voluntarios de Cruz Roja comenzaron a denunciar insultos, amenazas y situaciones de acoso por atender a las personas que llegaban a las islas. Algunos dejaron de llevar visible el uniforme cuando terminaban su turno y comenzaron a guardar el chaleco en el maletero. Resultaba especialmente significativo el testimonio de un voluntario que recordaba cómo durante la crisis de los cayucos de 2006 las ambulancias eran recibidas con aplausos cuando acudían a una playa. Quince años después, haciendo esencialmente lo mismo, escuchaban gritos de «Cruz Roja criminal».

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