Nos hemos acostumbrado a hablar de la soledad como si fuera, sobre todo, un problema individual. Hablamos de la soledad de las personas mayores, de la de los jóvenes, de quienes viven solos, de quienes no tienen pareja o de quienes pasan demasiado tiempo delante de una pantalla. También hemos aprendido a distinguir entre la soledad elegida y la no deseada, y esa distinción tiene sentido, pero quizá se nos queda corta para explicar todo lo que ocurre cuando una persona se siente desconectada de los demás. Porque la soledad no depende únicamente de cuántas personas tengamos alrededor, ni siquiera de si vivimos solos o acompañados. Tiene una dimensión psicológica evidente, pero también otra profundamente social, y quizá para entenderla de verdad tengamos que dejar de preguntarnos únicamente qué le pasa a la persona que se siente sola y empezar a preguntarnos qué clase de sociedad estamos construyendo alrededor de ella.
Hay una serie de frases que repetimos constantemente y que, poco a poco, hemos convertido casi en una especie de manual de madurez emocional: tienes que ser autosuficiente, no debes depender de nadie, tienes que aprender a estar solo, nadie va a venir a salvarte, primero tienes que estar bien contigo mismo. No son necesariamente frases falsas. Todas contienen algo que puede ser útil en determinadas circunstancias. Necesitamos autonomía, capacidad para tomar decisiones y recursos propios para afrontar la vida sin depositar toda nuestra estabilidad en otra persona. El problema aparece cuando transformamos esa autonomía en una obligación de no necesitar a nadie y empezamos a mirar cualquier necesidad afectiva como una debilidad que deberíamos superar. Hemos terminado asociando fortaleza con necesitar poco, cuando en realidad una persona puede ser perfectamente autónoma y, al mismo tiempo, necesitar compañía, afecto, apoyo, cuidado o simplemente saber que hay alguien a quien llamar cuando las cosas se complican.
Quizá aquí hemos confundido dependencia con interdependencia. No es lo mismo no poder vivir sin otra persona que reconocer que nadie construye una vida completamente solo. Tampoco es lo mismo permanecer en una relación porque creemos que fuera de ella no somos capaces de existir que saber apoyarnos en otras personas cuando lo necesitamos. Entre la dependencia absoluta y la autosuficiencia absoluta hay un espacio mucho más humano en el que podemos tomar nuestras propias decisiones, tener una identidad propia y, al mismo tiempo, aceptar que nuestra vida está inevitablemente entrelazada con la de los demás. La alternativa a desaparecer dentro de una relación no debería ser levantar un muro alrededor de nosotros, sino aprender a relacionarnos sin perder quiénes somos.